Nos tocan, nos marcan, nos dejan en paz. No soy sólo yo la que te ha visto pecar.
¿Por qué la amenaza constante de eternidad? Es que la culpa adquirida nunca te deja pensar.
Ayer te vi pasar, reaccionando a tu conciencia, así tan perversa.
Ahora no queda nada más, más que las máscaras que alguna vez nos dieron una personalidad. Nos dieron de qué hablar.
Me temo confesar, que así ayer también te grabé. ¿Dónde? Y yo qué sé. Y ya, siendo tarde para borrarte, sin embargo, sigo sin poder contemplarte.
¿A dónde fueron a parar todas esas miradas de dicha? Infinitas noticias nos cuentan todas las pistas.
Es que la frontera entre la felicidad y la agonía es tan, pero tan fría, que me falta tu abrigo, tu calor, tu alma bendita.

