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Nunca planeé ser tan feliz como lo soy ahora, y recuerdo esos momentos de mi existencia en los cuales daba por hecho que el dolor no se iría jamás. La «vida» me sonríe todos los días(sino fuera por Renesmee días se hubieran convertido a semanas, meses, no llevaría la noción del tiempo si la niña no creciera a diario), junto a Edward y a mi hija todo era perfecto, no necesitaba más que su bienestar, y me veo obligada a decir, que en absoluto hecho de menos esos días donde Los Vulturis no hacían más que perseguirnos, donde el peligro y la preocupación era algo de todos los días. Ni Cayo, ni Aro, ni ninguno perteneciente al clan habían estorbado otra vez, a pesar de que creíamos que el último encuentro entre nosotros les habría dejado con ancias de una batalla, y que volverían pronto. Púes no fue así, es más, Carlisle se contactaba semestre por medio con ellos, sentían mucha curiosidad por nuestra convivencia. Cualquiera diría que ese último encuentro les había dejado marcados y hasta con seguridad les había asustado un ápice, y aunque, por supuesto, ese no era el propósito (ni nunca lo había sido, ni debía ser), nos brindaba seguridad absoluta, ya que no había aquelarre más recio que Los Vulturis, y como nosotros les seguíamos en escala...
Nos trasladamos al sur de América, Argentina, donde había unas praderas hermosas, y era imposible encontrar problemas cerca de allí(sin dejar de lado mi sublime imán para los desastres). Era un lugar totalmente pacífico, para nosotros. No nos hayábamos presisamente en la capital, sino que nos asentábamos en San Martín de Los Andes, un hermoso lugar cerca de las montañas, donde gozábamos de una gran cabaña a la cual Edward se había encargado de su construir refacción, poco después de la visita de Los Vulturis y del regreso de Alice y Jasper, que fueron la razón de movernos aquí, ya que habían sido testigos de, según aquel relato, un magnífico emplazamiento, y sucedía escrupolosamente de está suerte, tal cual habían descripto: las verdes praderas llenas de vida; el paisaje que cegaba de explendor; la total falta de ruido; la irreparable tranquilidad; la abundante fauna; la frescura del viento; la calidez del sol al reflejarse en la clara nieve. Era perfecto, de verdad. Nuestra morada se hallaba al otro lado del río, a 90 kilómetros del cerro Chapelco. Estaba rodeada por un prado de al menos 70 kilómetros de solo césped, pinos, más césped y ramas. Era una casa sencilla (dentro de lo sencillo significaba para los Cullen), aunque era grande, más bien se asemejaba a una mansión de las de Beverly Hills, salvo que está estaba acabada de madera y hojarasca, tal y como yo jamás había imaginado. Era hermosa, Esme y Alice coincidían en que iba perfecto con el lugar, muy rústico y montañoso. Era especial, era de Edward, Renesmee, mía, y dentro del radio de los 70 kilómetros de nada, se encontraba una pequeña cabaña, donde habitaba Jacob(Imposible separarlo de Renesmee, lo cual ya no me disgustaba para nada).
Debido a la naturaleza de la niña, nuestra cabaña y la de Jacob era templada, más bien caldeada, a pesar de que vivíamos rodeados de nieve la mayoría del año, excepto en verano, la que habría sido mi ex-estación favorita, ya que ahora el invierno no era algo desagradable, es más, creo que era hasta más divertido que el verano, es un hecho, me había enamorado completamente de la nieve y las praderas cubiertas con su fría sabana blanca brillante, además de la adoración de Renesmee hacia los copos de nieve. No tenía comparación con otro lugar jamás visto, era especial para nosotros.
La entrada eran escaleras de maderas de roble, daban paso al porche, de madera de roble también, rodeado de barandillas hechas de pino cubiertas de terciopelo azul, las cuales hacían frente a dos grandes ventanales. La puerta de empuñadura de cristal y detalles en cuarzo daban a una gran sala de estar...


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